Durante los cinco años de gestión del presidente Luis Arce, Bolivia gastó más de 15.600 millones de dólares en la importación de combustibles —una cifra equivalente al nivel récord de reservas internacionales alcanzado en 2014—, pero termina su mandato dejando al país sumido en la peor crisis de abastecimiento de gasolina y diésel en dos décadas.
De acuerdo con los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), las importaciones de combustibles sumaron 899,7 millones de dólares en 2020, subieron a 2.933 millones en 2021, y alcanzaron un pico de 3.478 millones en 2022, bajo la administración de Arce.
En los dos años siguientes, la cifra descendió levemente —2.983 millones en 2023, 2.885 millones en 2024— y llegó a 1.941 millones hasta agosto de 2025, reflejando la caída de las reservas internacionales y las crecientes restricciones logísticas y financieras.
La paradoja es evidente: nunca se importó tanto combustible como durante el Gobierno de Arce, pero nunca hubo tanta escasez.
Un gasto histórico con resultados críticos:
En comparación, durante los casi 14 años del Gobierno de Evo Morales (2006-2019), Bolivia destinó 10.330 millones de dólares a la compra de combustibles, según datos del INE recopilados por el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE).
Arce superó esa cifra en apenas cinco años.
Pese al gasto récord, el país enfrenta colas de vehículos en estaciones de servicio, un mercado negro de diésel y gasolina, y restricciones de abastecimiento en todos los departamentos.
Agricultores, transportistas y familias padecen una crisis que refleja la pérdida de autosuficiencia energética y el colapso del modelo de subsidios.
El Gobierno reconoció que la falta de divisas impide realizar pagos a proveedores internacionales, lo que ha frenado las importaciones y reducido los inventarios nacionales a niveles críticos.
YPFB y la crisis del modelo energético:
Bajo el mandato de Arce, Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) amplió sus operaciones de compra externa desde Argentina, Chile y Perú, e incluso gestionó importaciones desde puertos chilenos en los últimos meses.
Sin embargo, los intentos por garantizar el suministro no lograron evitar una crisis estructural que hoy golpea al corazón productivo del país.
El ministro de Hidrocarburos, Alejandro Gallardo, reconoció que la autonomía de abastecimiento se redujo a tres días para la gasolina y menos de uno para el diésel, lo que evidencia la vulnerabilidad del sistema.
“El abastecimiento está al límite”, admitió YPFB en un comunicado, atribuyendo la situación a la escasez de dólares.
El presidente Arce, por su parte, responsabilizó a la falta de aprobación de créditos en la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP), mientras que analistas advierten que el problema tiene raíces más profundas.
El diagnóstico de los expertos: una crisis estructural:
Para Raúl Velásquez, investigador de la Fundación Jubileo, Bolivia “ha perdido su seguridad energética”.
“Hoy, al salir de las ciudades, uno encuentra litros de diésel a 18 bolivianos o más; eso demuestra que la seguridad energética está quebrada”, afirmó.
Velásquez advierte que el país depende en un 80% de la energía derivada de los hidrocarburos, por lo que cualquier caída en la producción local tiene efectos inmediatos.
“Lo que un país no produce debe importarlo, y ese es el gran problema de Bolivia. Desde hace una década la producción de hidrocarburos líquidos está en caída, y hoy el Gobierno se ve obligado a importar para abastecer a la población”, señaló.
El exministro de Hidrocarburos Álvaro Ríos coincide en que el problema es de liquidez y gestión:
“YPFB no tiene efectivo para pagar a los proveedores internacionales, lo que ha paralizado los envíos de combustibles. Si no se toman medidas inmediatas, la crisis se agravará y la credibilidad del nuevo Gobierno se verá comprometida”, advirtió.
Un legado crítico para el nuevo Gobierno:
El Gobierno de Rodrigo Paz, que asumirá el 8 de noviembre, heredará una crisis energética estructural:
reservas en niveles mínimos, déficit de divisas, caída en la producción de gas y una estatal petrolera sin liquidez.
Los analistas coinciden en que el modelo de subsidios se volvió insostenible, mientras que la falta de inversión en exploración dejó al país sin nuevas reservas de gas ni petróleo.
La era Arce quedará marcada como aquella en que Bolivia importó más combustibles que nunca, gastó una fortuna en divisas y, aun así, no logró garantizar gasolina ni diésel para mover su economía.
Lo que alguna vez fue símbolo de soberanía energética se ha convertido en su mayor vulnerabilidad.
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